El tiempo es algo que me obsesiona; pero, lo sublime es detenerlo.
Después de veinte años aun sigo pensando en el pasado y en el futuro. Pero, dónde está el presente. Acaso lo he olvidado o simplemente es tan negativamente predecible que dejo de vivirlo. El uno o el otro no interesa, el fin sigue siendo el mismo. Pienso que un perro no conoce la noción de tiempo y vive en espacio maleable y un tiempo estable. Yo si la conozco, pero preferiría olvidarlo. Esto es mi intento de hacerlo. Entonces, este mundo, para mí, es de una dimensión, el espacio. El tiempo no lo comprendo, es una palabra más y olvidada.
Hay un bebe en una cama conversando palabra sobre palabra con su hijo. Oiré decir que tiene arrugas aunque a veces no. Luego, hubo un alto inmenso y me quedo observando mientras involucionan y evolucionan. Ríen y lloran. Todo a la vez. Todo es un mar, el mar que va y viene y que no cambie, pero, a la vez, sí. Mi muerte y mi nacimiento conmemoran pero todo es, solo es. Pero el espacio ya no tiene sentido sin el tiempo. Lo oigo llorar y lamentarse. Donde un centro está obsesionado con su derecha y dentro de ella vive la izquierda, y más adentro aún, vive un niño. El es un niño normal, su nombre compuesto por dos letras significa, en el idioma que hablaban cuando el tiempo existía, paciencia. Xa es su nombre. Pero nadie sabe llamarlo por su nombre, porque la ausencia de tiempo no permite la pronunciación de la llamada comunicación. Aquel niño era envidiado. Todos en el mundo sabían su origen, su final, sus detalles y acaso era una lástima. Pero, Xa no sabía las probabilidades que su vida lineal le traerían en su realidad. Aquella realidad que contaba con aquel tesoro añorado desde los orígenes del Atiempo, el tiempo.
Yo.
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