lunes, 23 de noviembre de 2009

Caminante...


Un hombre, enraizado profundamente en las orillas de una laguna, estaba extinguiéndose. Una hora antes de morir se lamentó. Por qué se lamentó. Nunca lo supo, porque murió. Pero, los caminantes, bohemios todos ellos, sabían que así morían los hombres de raíces profundas. Solo conocían su ambiente y nada más, al final, todos se lamentaban. Los caminantes iban y venían y los hombres enraizados se burlaban de ellos.

La peculiaridad de los caminantes es que no morían hasta después de la vejez y más allá aún, además eran felices. No pertenecían ni acá ni allá, solo caminaban y se alimentaban de los grandes frutos en los grandes bosques, intocables por los enraizados, quienes solo bebían del mismo lago donde evacuaban y comían en la misma tierra donde defecaban.

Los enraizados creían ser felices con sus riquezas acumuladas, piedras que intercambiaban por piedras y quien más piedras tenía, más feliz era. Y luego morían y una hora antes de morir se lamentaban. Y el caminante caminaba desnudo, caminaba.

Yo.

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