miércoles, 12 de mayo de 2010

Domingo



Era domingo. El día de los momentos eróticos. El día perdido. Me encontré con aquella mujer de sonrisa efervescente, un saludo bastó para recordar viejas pasiones, viejos rencores, antiguas pasiones, cuales se encontraban putrefactas en alguna parte de mi consciencia.

El café duró el tiempo suficiente para encender nuestros viejos calentadores y, por cierto nos proporcionó tiempo para poner al día nuestro interés. Luego, el futuro nos bendijo con la visita a mi pocilga, entre las sábanas nos revolcamos como unos perros que pelean por un hueso, como la llave y su caja de pandora.

Todo mal escapó a mi pocilga, y su sonrisa, malévola, efervescente coronó la lujuria, proclamándola diosa suprema del placer. Y fornicamos hasta que el último pecado escapo a mi palacio, digno de una diosa, digno de una puta. Y mi sufrimiento convirtió a aquella mujer en una diosa, inalcanzable a mi lujuria.

Fui maldecido y engañado. Me permutaron a la mujer por evocaciones de la diosa. Aquel domingo corrupto y repugnante refulge entre lo gris.

Yo.

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